lunes, 8 de agosto de 2011

Desastre del ecosistema y perspectiva humana

El desastre ocurrido en Asia por el tsunami que devastó siete países es, además de una espantosa catástrofe, una muestra del daño agravado de nuestro ecosistema. La cifra de desaparecidos y muertos recuperados asciende ya a casi 150 mil, lo cual sitúa este desastre entre los más letales en la historia humana.
El Presidente Bush se cubrió de ridículo prometiendo 35 millones de dólares en ayuda, que es menos de la cuarta parte de lo que cuesta un día de guerra en Irak. Luego, sus asesores deben haberle hecho ver que su sórdido egoísmo dañó aún más su ya deteriorada imagen y aumentó a 350 millones, lo cual todavía es una cifra irrisoria comparada con los 500 mil millones del presupuesto de guerra de los Estados Unidos.
El incendio de Londres, en septiembre de 1666, que comenzó en el horno de una panadería tuvo, al menos, la virtud de detener la Gran Plaga que estaba asolando aquella ciudad y había producido ya 17 mil muertes. En Estados Unidos se recuerda aún el incendio de Chicago en 1871 y el terremoto de San Francisco de 1906. Este último tuvo una intensidad de 8.25 en la escala de Richter, y apenas produjo setecientas víctimas, pero derrumbó 25 mil edificios y dejó sin hogar a un cuarto de millón de personas.
Hay desastres que no dejan un saldo importante de bajas humanas pero significan un punto de giro de la historia. El incendio del dirigible Hindenburg marcó un vuelco en la historia del transporte. Se pensaba entonces que los grandes aeróstatos inflados con helio constituían el umbral de una era de masivo traslado de pasajeros y el desastre puso punto final a esa expectativa. Otro tanto ocurrió con el crucero Maine, hundido en el puerto de La Habana, posiblemente por un sabotaje ordenado por el gobierno en Washington (ningún oficial importante murió, solamente marinos), que desencadenó la guerra hispano-cubano-norteamericana.
El estallido del volcán Krakatoa, en Indonesia, en 1883, provocó 36 mil muertes. Esta calamidad también desató un enorme tsunami que devastó extensas zonas de Java y Sumatra. La explosión del volcán Mont Pelée, en Martinica, el 8 de mayo de 1902, dejó una cifra de 27 mil muertes. El hundimiento del buque transoceánico Titanic produjo 1,500 muertes pero su impacto fue mayor por la prominencia de las adineradas víctimas y por la propaganda sobre la supuesta invulnerabilidad de ese navío que precedió su lanzamiento. El terremoto en ciudad México, el 16 de septiembre de 1985, de ocho grados de intensidad, dejó presumiblemente 35 mil víctimas y cien mil personas quedaron sin hogar.
El estallido del reactor número 4 de la planta nuclear de Chernobil, ocurrido en Ucrania en 1986, lanzó al aire ocho toneladas de combustible reactivo. Esa catástrofe afectó un área poblada por cinco millones de habitantes. Fue necesario evacuar, perentoriamente, a 40 mil residentes. Veinte mil personas murieron pero 300 mil sufrieron, años después, diversas formas de cáncer. Lo peor es que el territorio afectado permanecerá en estado de contaminación radioactiva durante los próximos cien mil años.
Lo más grave del desastre actual ocurrido en Asia, aparte de las pérdidas humanas, son las consecuencias mediatas. La invasión del agua salina provocará la esterilidad de vastas tierras de cultivo, a lo cual se añade la ruina de la infraestructura turística y el retraimiento del flujo de viajes recreativos, motivado por el temor a lo inesperado. Todo esto causará una fuerte contracción de los ingresos nacionales y una consiguiente ola de miseria y decaimiento económico, con una espantosa hambruna como perspectiva inmediata.
El daño al ecosistema se agravará con los años. En la actualidad se estima que entre 50 y 300 especies vegetales y animales se extinguen cada día. A escala mundial el 11% de las aves, el 20% de los reptiles, el 25% de los anfibios, el 5% de los mamíferos y el 34% de los peces están actualmente en peligro. Curiosamente el tsunami asiático no causó grandes daños en la fauna local, pues los animales se retiraron ante la inminencia del peligro.
Como si este atribulado planeta no tuviese serios problemas con la desigual distribución de la riqueza, la unipolaridad, las desorbitadas ambiciones de dominio del imperio, las guerras petroleras y las economías de la pobreza, los desastres naturales vienen a advertirnos que el ser humano debe tomar un camino más racional, inteligente y reflexivo sobre su ordenamiento social o está destinado a perecer por su propia obra destructiva.

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